Existen todavía, en la mayoría de grandes organizaciones dentro de sus ejecutivos de selección e incorporación de talento, estereotipos de género que producen discriminación, se ha investigado la existencia de creencias que perjudican el acceso de la mujer a puestos directivos. Así, por ejemplo, se ha puesto de manifiesto que permanece la creencia de que los rasgos que caracterizan a un buen directivo se corresponden con los propios del hombre. (Basados increíblemente en corrientes religiosas y filosóficas como la «ley mosaica» y el «estoicismo neoplatónico»)
En la misma línea, se percibe al hombre como empresario exitoso (Hopkins y O´Neil, 2007), no considerando a la mujer adecuada para la asunción de tareas de responsabilidad o liderazgo (Collins, 2015).
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El muchas veces distorsionado empoderamiento femenino es el proceso voluntario, íntimo que ha de realizar cada mujer para alcanzar el control de su vida. Es la consciencia para la toma del poder de las diferentes dimensiones de su existencia (emocional mental, físico y espiritual), y de esta forma equilibrar su proceder en la vida, lo cual las llevará a completar autonomía y realización personal, sin imitar, suplantar ningún estereotipo y especialmente tomando como esencia los valores femeninos.
Es el poder de «hacerse cargo» conscientemente de su vida, sus actos, sus errores y aciertos. Es la capacidad de poder percibirse, conocerse, valorarse y quererse como ser humano, independientemente, de no ser perfecta, es el poder de entender la condición femenina sin cuestionamientos.
Este proceso de autoconocimiento y empoderamiento empieza cuando se toma conciencia de que la vida le pertenece, y se inicia un proceso de reconocimiento, autogestión, estimación y aceptación de sí misma. Es una revalorización de la presencia, la existencia y especialmente la autonomía individual, de identidad como personas; esto se basa en el sentido ontológico de individualidad.












